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lunes, 21 de abril de 2014

C. S. Lewis, material para una película.

C. S. Lewis es la forma en que comúnmente se menciona a Clive Staple Lewis, profesor de Oxford, autor de las famosas Crónicas de Narnia, de las cuales se han vendido, según fuentes, unos cien millones de copias. Personalmente las Crónicas de Narnia, a las cuales sólo conozco por sus recientes producciones cinematográficas, me parecen una especie de Señor de los anillos pero mucho más infantil. Y no tiene que ser casualidad necesariamente. En Oxford, uno de sus mejores amigos y compañero de tertulia era Tolkien. Además de compartir interés por las literaturas más antiguas y por las fantasías épicas compartían otra cosa: eran veteranos de la Gran Guerra.

En el año 1.916 Lewis enfrentaba sus exámenes en Oxford con la certeza de que, cualquiera que fuese el resultado, de estar pocos meses después en Francia corriendo detrás (o por delante) de los obuses alemanes no se libraba. La mala noticia (o buena) era que tenía incentivos para aprobar. Fuera de estudiar lenguas muertas tenía comprobado que no tenía ningún otro punto fuerte, mucho menos alguna habilidad que fuera capaz de monetarizar en una vida productiva para la sociedad. La buena noticia (o mala) era que la estadística no estaba de su parte y que considerando su posible futuro como jóven oficial en las trincheras europeas, las preocupaciones que pudiera tener por la posguerra se antojaban bastante inútiles y ridículas.

Así que después de pasar los exámenes se fue al centro de formación de oficiales. Ahí hizo grandes amigos. Ya se sabe. Los grandes amigos se hacen en la facul y en la mili. Fuera de la facul y la mili ya no es lo mismo. Porque en estos ambientes los amigos trascienden, y en esos momentos de inquietud trascendental (pero, ¿qué hago yo aquí?, ¿para qué?, ¿estoy perdiendo el tiempo?, ¿no estaré haciendo el imbécil?) los amigos dan sentido. “Sólo por conocer a estos amigos merece la pena todo este esfuerzo, estas incertidumbres y estas penurias”. Luego, con el tiempo, te das cuenta de que no es verdad, que lo único que merece la pena, porque es incondicional, es tu madre y, a veces, ni eso. Pero, en fin, en su momento los amigos son fantásticos y cumplen su papel y emborracharse con ellos es menos aburrido.

The old set.

Total, que tenemos a una pandilla de chavalotes pendientes de cumplir los veinte en un año o dos. Pasemos revista. Además de Lewis, el irlandés, tenemos a Martin Sommerville, alumno de Eton; el chistoso del grupo es Alexander Sutton, alumno que fue de la Repton School al igual que el joven Denis de Pass; Thomas Davy era alumno de Charterhouse y, finalmente, Edward Moore, que había sido estudiante en el Clifton College de Bristol.

El chico del bigote debe de ser Edward (Paddy) Moore. El de la pipa es Lewis, que de joven todavía tenía un pase. Imagen: onegreatwar.tumblr

De todos ellos, Lewis se llevaba mejor con Sommerville, pero con quien hizo las mejores migas fue con el joven Moore. Así, cuando consiguieron sus diplomas de oficiales y les dieron un mes de permiso, en septiembre de 1.917, Lewis escogió pasar tres semanas en Bristol, en casa de Moore, donde conoció a su madre Jane. Tuvo que ser por esa época que Moore y Lewis hicieron un solemne pacto: si alguno de los dos caía, el otro se encargaría de cuidar de la familia del otro.

Todos ellos acabaron partiendo para Francia y fueron desperdigados por las distintas unidades que sostenían el frente. Antes de embarcarse Lewis tuvo la oportunidad de conocer a otro interesante y joven culto de 20 años, el teniente Laurence Johnson, con el cual coincidiría en el mismo batallón del Somerset Light Infantry, aunque en diferentes compañías. Así que las discusiones intelectuales y filosóficas que comenzaron en Inglaterra, las pudieron continuar en Francia cuando no caían demasiadas bombas. Una vez en Francia su padre le recomendaba una y otra vez que pidiera un traslado a algo que fuera menos peligroso, por ejemplo, a artillería, pero Lewis se resistía. La verdad es que se encontraba a gusto con los Somerset y, si algo no funciona rematadamente mal, no lo cambies. Además, resultaba que el capitán de su compañía había sido uno de sus maestros favoritos. El capitán Percy Harris, muy querido y altamente valorado por los hombres bajo su mando, le recalcó a Lewis, eso sí, la primera vez que se vieron, que omitiera su pasado académico, no fuera a ser que le perdieran el respeto.

Bueno, no todo iba a ser compartir el tiempo con lo más selecto de Oxbridge. Lewis también fraternizó con la plebe. Así llegamos a conocer al sargento Harry Ayres, un veterano de Somerset de 32 años. Lewis era un joven inexperto pero lo mínimamente avispado para darse cuenta de que no se enteraba, así que había fundado con Ayres la bastante extendida sociedad donde el sargento tomaba las decisiones y el oficial bisoño daba las órdenes. Y la asociación funcionaba bastante bien.

Desde el invierno de 1.917 Lewis estaba en el frente, y el mayor enemigo era el frío y la humedad. De todos modos, quienes le hicieron causar baja a finales de enero fueron los parásitos que provocaban la conocida como fiebre de trinchera. No importa mucho, Lewis no se iba a librar tan fácilmente de lo que se preparaba y ya estaba recuperado para estar en activo durante la ofensiva alemana de la primavera de 1.918. Los primeros días del ataque alemán Lewis estuvo relativamente tranquilo pero a partir del 9 de abril su sector del frente empezó a recibir el grueso del ataque alemán. El batallón de Lewis se fue desplazando y acabó posicionado al Sur del canal de La Basée. Al Norte, al otro lado del canal,en el pueblo de Riez du Vinage, los alemanes se habían hecho fuertes. El mando británico decidió que la mejor manera de proteger el canal era establecer una cabeza de puente al otro lado, precisamente en el pueblo de Riez du Vinage y precisamente el batallón de Lewis.

La operación se desarrolló de forma bastante estandarizada. Cortina de fuego seguida a cincuenta metros por la tropa atacante. La cortina de fuego va demasiado deprisa o la tropa demasiado despacio, que tampoco es cosa de acelerarse y que te machaque tu propia artillería, y cuando te quieres dar cuenta un par de ametralladoras que te cogen de flanco y adiós muy buenas. Pero no todo iba a ser desgracias, que además las repartían para todos. El teniente Lewis se cubrió de gloria capturando a sesenta prisioneros alemanes. La verdad es que Lewis se creyó muerto cuando vio a ese grupo de alemanes a su lado y que no se desmayó porque se dio cuenta, justo a tiempo, que iban con las manos en alto y con ganas de acabar con la maldita guerra de una vez. El día hubiera sido, en el plano personal, redondo para Lewis sino fuera porque su amigo Laurence Johnson, que participaba en el ataque, había sido gravemente herido y evacuado a retaguardia.

El día 15 continuarían los combates y en las últimas horas del día 15 dos pelotones de la compañía ligera de la que formaba parte Lewis se vieron envueltos, según parece, en un ataque junto con miembros del Regimiento Duque de Wellington. El ataque se dio por terminado por la comparecencia de la artillería alemana que se llevó por delante, según estimaciones, al cincuenta por ciento de la tropa atacante. Que se lo pregunten a Lewis. Un bombazo le llenó de metralla el cuerpo. La misma bomba acababa con la vida del sargento Ayres. El mismo día moría en el hospital, como consecuencia de las heridas recibidas el día anterior, el teniente Laurence Johnson. Los dos días de lucha habían costado 210 bajas al batallón.

Lewis no volvería al frente. Estuvo hospitalizado hasta junio y fue finalmente desmovilizado en diciembre. Como consecuencia de sus heridas del 15 de abril de 1.918, no pudo levantar el brazo izquierdo por encima de su cabeza nunca más, lo cual, visto lo visto, le importaba un pimiento. A veces sentía que se le detenía la respiración, lo que, dicen, es típica secuela de haber sido herido en el pecho. Después, lo habitual, dolores de cabeza y, claro está, las pesadillas.

Llegaba el momento de pasar página y reencontrarse con sus amigos. Hmmm. Un momento. Veamos:

Alexander Sutton: K.I.A. en enero de 1.918.

Thomas Davy, K.I.A., muerto de sus heridas a finales de marzo de 1.918.

Martin Sommerville: K.I.A. en Palestina, en septiembre de 1.918.

¿Y qué pasaba de su gran amigo, Edward Moore, con el que había sellado aquel pacto de cuidar a la familia del otro?

Pues que a Lewis le cayó el encargo. El teniente Edward Moore (lo siento, K.I.A. también) cayó el 24 de marzo de 1.918. Según el testimonio del fusilero John Howe, Moore formaba parte de un avance por una carretera que fue cogido por fuego de ametralladora. Moore fue herido en la pierna. Howe se le acercó y le empezó a vendar la herida. Durante el auxilio Moore fue alcanzado una vez más, esta vez en la cabeza. El enemigo estaba muy cerca, recuerda Howe, y era inútil arrastrar el cuerpo muerto. Su cuerpo ya nunca sería recuperado.

De la pandilla de chavalotes del verano de 1.917 sólo de Pass (que había sido dado por desaparecido aunque, afortunadamente para él, sólo había sido cogido prisionero por los alemanes) y Lewis vieron el final de la guerra. El cálculo de probabilidades decía que de los estudiantes de Oxford que se habían alistado el 25 % morirían en el frente. El grupo de Lewis pulverizaba la estadística.

¿Tenemos material para una película? ¿Todavía no?

Los inklings.

Unos años después nos encontramos en Oxford, donde unos señores estirados y aburridos, para más señas ingleses, se reúnen en el The Eagle and Child para ponerse (porque si no, ya me dirás a qué van a ir al pub) ciegos a base de pintas de cerveza. Como son muy estirados y muy aburridos la peregrina excusa que ponen es que se reúnen para leer, en voz alta, obras que tienen a medio escribir y que todavía no han acabado. Como son unos señores muy estirados y muy aburridos (¿lo había dicho ya?) y no tienen vida social el tema de la imaginación lo tienen en plan desbordante. Tolkien leía (o podía leer) El señor de los anillos, Lewis leía (o podía leer) Las crónicas, y si no ya les leería otra cosa, no os preocupéis. No os creáis que este grupillo de profesores de Oxford se reduce a Tolkien y a Lewis. Tenemos a Charles Williams. No he visto que participara en la guerra del 14, parece que se escaqueó. Debía de ser el listillo del grupo. Pues Williams también le daba a la fantasía, aunque sus ficciones tenían lugar en la actualidad y no en mundos imaginarios como los de Tolkien o Lewis.

Los Inklings. Unos señores (no tan) aburridos. Imagen: donilam.

De las muchas vidas que quisiera haber vivido y no viviré en una me veo con los Inklings, trajinándome pintas de cerveza como si tuviera un hígado prometéico, de esos que crecen por la noche. Los inklings es uno de esos grupos que dan lustre a las letras inglesas, como el círculo de Bloomsbury. Bueno, bien pensado, la comparación no es muy benevolente. A los inklings les faltaba, para parecerse a Bloomsbury, famosos, ricos y sexo, sobre todo mucho sexo. Para terminar de adobarlo, a los inklings les daba por las discusiones teológicas y a Lewis le dieron tanto la vara que acabó convirtiéndose al catolicismo.

¿Con las discusiones y lecturas de estos señores tenemos para una película aunque sea aburrida?

¿Y si añadimos las peripecias de Tolkien?

Tolkien y la TCBS.

La verdad es que estoy buscando una excusa para hablar de Tolkien. Encuentro que su peripecia en la Gran Guerra tiene bastantes paralelismos con la de Lewis.

Si Lewis hizo a sus amigos en la mili Tolkien los hizo en la facul. Bueno, en realidad casi podríamos decir que en el insti. La pandilla de Tolkien se constituyó en el King Edward's School de Birmingham. La (TCBS) Tea Club and Barrovian Society, que Tolkien y sus amigos fundaron en 1.913, contaba, en su núcleo duro, con el mismo Tolkien, Geoffrey Bache Smith, Robert Gilson y Christopher Wiseman.

Los chavalotes del TCBS de Birmingham. Imagen: Planet-Tolkien.

Cuando la guerra estalla, la familia de Tolkien se queda un poco desconcertada cuando este les revela que no se va a alistar inmediatamente y que va a esperar un año para acabar un curso que tiene pendiente en Oxford. Ahora esta actitud nos parece normal pero, en aquel momento, requería también de un cierto coraje pues suponía un cierto descrédito social. El año pasó, Tolkien hizo sus exámenes, fue a la escuela de oficiales y fue a Francia. Según una estadística que no se sabe de dónde sacó, decía que una docena de oficiales morían en el frente cada minuto. Por falsa que fuera, lo cierto es que a Tolkien no le hacía ni pizca de gracia ir a la guerra a que lo mataran, ahora que tenía 24 años, una esposa y una carrera.

Tolkien se libra de la carnicería insensata del 1 de julio de 1.916 pero la campaña del Somme la hace casi enterita. Llega el 6 de julio y estará metido en el fregado hasta que la enfermedad le haga ser evacuado en octubre. Tolkien estará empleado como oficial de transmisiones y estará en medio de algunos de los combates más espeluznantes alrededor del Reducto de Schwaben y del Saliente Leipzig. De vuelta a Inglaterra tiene la suerte de que no acaba de recuperarse del estado de debilidad que le ha dejado la fiebre de trinchera (bendita sea, mató a muchos pero a otros muchos salvó) y, a pesar de los requerimientos de su batallón, los comités médicos no se atreven a darle el alta. Tolkien se libra y no vuelve a Francia.

¿Qué tal sus amigos del TCBS?

El teniente Robert Gilson llegó a Francia en enero de 1.916. Las cartas que se enviaban a casa solían ser tranquilizadoras, aunque también dependía del destinatario. En cualquier caso, en una de sus cartas afirmaba sin ambages que “apenas puedo soportar el horror de esta guerra”. Robert Gilson salió de las trincheras el histórico 1 de julio de 1.916 en el Somme. Cuentan testigos que salió con un admirable dominio de sí mismo, que tomó el mando sin titubeo cuando el capitán comandante de la compañía fue despachado por los alemanes y cayó, según el cabo Hicks, cuando un obús les alcanzó a él y al sargento mayor de la compañía hacia las nueve de la mañana. No es descartable que muriera muy contento de que nadie se diera cuenta del miedo que tenía.

El teniente Geoffrey Smith escribía poesía antes de la guerra y la continuó escribiendo durante la guerra. Tolkien, al revés que la pandilla de los Owen, Sassoon y compañía, que escribían frenéticamente a pesar de las circunstancias (o precisamente escribían frenéticamente por las circunstancias), era incapaz de escribir en el frente. Tolkien recordaba un encuentro con Smith en el Somme en julio de 1.916, tal vez el único momento de felicidad en toda la campaña del Somme (no, no contamos como felicidad cuando el tiroteo termina y no te han alcanzado), en el que Smith y Tolkien hablaron de literatura, de poesía y del futuro. El 29 de noviembre Smith estaba inspeccionando los trabajos de reparación de una carretera. Las esquirlas de una explosión le hirieron en el muslo y brazo derechos. Smith fue hasta la tienda de primeros auxilios por su propio pie y escribió a su madre diciéndole que había sido herido pero sin importancia. Dos días después había desarrollado gangrena gaseosa. Murió el 3 de diciembre a los 22 años. Su hermano Roger Smith moriría un mes después en Mesopotamia.

Christopher Wiseman, el matemático del grupo, se había alistado en la Royal Navy porque alguien le había dicho que buscaban matemáticos en la Armada y sobrevivió a la batalla de Jutlandia. Wiseman y Tolkien siguieron siendo amigos, de hecho, el segundo hijo de Tolkien fue bautizado como Christopher en su honor. Según las fuentes, parece que la amistad con el tiempo palideció, que es lo que tantas veces ocurre con ella. Wiseman y Tolkien publicaron la poesía de su amigo Geoffrey Smith en 1.918.

¿Tenemos ya material para una película? ¿No? Sigamos.

Jane Moore.

En septiembre de 1.917, C. S. Lewis pasó tres semanas en casa de su amigo Edward Moore. Allí conoció a su madre Jane, viuda. Lewis tenía 18 años. Jane tenía 45 años. Hay tías de 40 años y hay tías de 40 años y parece que Jane Moore era del segundo grupo. Edward era huérfano de padre y Lewis era huérfano de madre. Además, el padre de Lewis era muy exigente tirando a pasota (iba a utilizar otro adjetivo).

Lewis cumplió su promesa y cuidó de Jane Moore hasta el final. Hay que decir que cuando Lewis fue trasladado a Inglaterra para convalecer por sus heridas, fue Jane Moore quien se molestó y cuidó de él. En cuanto a su padre, no estaba y, al final, ni se le esperaba.

En los años 30 Lewis, su hermano Warren, Jane Moore y su hija Maureen compraron una casa a las afueras de Oxford. Jane Moore vivió ahí hasta los años 40 en los que fue hospitalizada. Parece ser que en sus últimos años se fue apagando víctima de la demencia senil. Dicen que Lewis fue todos los días a visitarla, hasta que murió en 1.951.

La cuestión es, ¿hubo tema o no? Unos dicen que no. Lewis siempre hablaba en sus cartas de Jane como de “su madre” e incluso en sociedad la había presentado en alguna ocasión de esta guisa. Así mirado, casi que entraría dentro de la perversión que después hubiera afecto de tipo más horizontal. Pero la cuestión es demasiado morbosa como para dejarlo así. Una biografía de Lewis publicada en los años 90 por A. N. Wilson insistía en el tema de la relación amatoria de Lewis y Jane. Por su parte, George Sayer, que también fue biógrafo de Lewis, escribió:

“¿Fueron amantes? Owen Barfield, que conoció bien a Jack (como llamaban los amigos a C. S. Lewis) durante los años 20, dijo una vez que pensaba que la probabilidad era de “fifty-fifty”. Aunque ella era 26 años mayor que Jack, ella era todavía una mujer atractiva, y verdaderamente él estaba prendado de ella. Pero parece muy fuerte, si eran amantes, que el la llamara “madre”. Sabemos, además, que ellos no compartían el mismo dormitorio. Parece más probable que él estaba vinculado a ella por la promesa que había hecho a Paddy y que su promesa se había reforzado por que la había llegado a querer como a una segunda madre”.

Bah, demasiado poco morboso. George Sayer cambió de opinión en 1.997:

“He tenido que cambiar mi opinión sobre la relación de Lewis con la señora Moore. En el capítulo octavo de este libro escribí que no estaba seguro sobre si eran amantes. Ahora, tras conversaciones con la hija de la señora Moore, Maureen, y pensando en la manera en que los dormitorios en The Kilns estaban dispuestos, estoy bastante seguro de que lo fueron (amantes).”

Ahora que hemos introducido el tema de satisfacer esa fantasía de todo jovencito inexperto de ser iniciado por una sabia madurita de buen ver, ¿tenemos para película? ¿Todavía no? Sigamos.

Joy Davidman.

Ya he comentado que Lewis se había convertido al catolicismo. Eso en una persona normal no tiene que tener mayor importancia, pero cuando se trata de una persona de esas que se pasan el día escribiendo sobre todo (además de fantasías épicas) puede acabar teniendo repercusión más allá de uno mismo. Así, tenemos a Lewis teniendo cierta influencia en los círculos más proselitistas del catolicismo. Hacia 1.950 Lewis comienza a cartearse con una judía norteamericana recientemente convertida al catolicismo pero que tiene la cabeza admirablemente bien amueblada. En 1.952 hace la estadounidense hace un primer viaje a Inglaterra y todo se va juntando. Entre que ella es decididamente anglófila (al menos eso dice), que su marido se la pega con una prima suya y también le pega a la bebida, y que el haber pertenecido al Partido Comunista no es precisamente la mejor tarjeta de visita en aquellos años en los Estados Unidos, decide largarse a Inglaterra con sus dos hijos. Allí cuenta con la colaboración de Lewis, que la apoya incluso financieramente. Pero, ojo, que es sólo amistad. Lewis nunca había encontrado un cerebro dentro de un cuerpo femenino que se complementara tan bien con el suyo. Hay que reconocer que Lewis tenía que tener talento. No todos son capaces de convertir una conversión al catolicismo en una oportunidad para ligar, más cuando ya eres cincuenton. Obviamente, Lewis no lo veía (o no se atrevía a verlo) de esta manera tan frívola.

Joy Davidman. Imagen: Wikipedia.

En 1.956 el ministerio del Interior británico no concedió la renovación de la visa a Joy Davidman. Lewis no quería verse privado de su mejor amiga y ella no quería volver a los Estados Unidos. Así que decidieron concertar un matrimonio de conveniencia para que ella pudiera quedarse en Inglaterra. La ceremonia civil tuvo lugar en Oxford el día de San Jorge de 1.956. Se dieron un par de besos, se tomaron un par de pintas y se fueron cada uno a su casa.

En octubre de 1.956 Joy tropezó en su casa y se rompió la pierna. Seguramente fue al revés, primero se rompió la pierna y después se cayó. Joy tenía cáncer de huesos y de mama. Fue entonces, en el hospital, al saber la gravedad de la enfermedad (una sentencia de muerte, vaya), que Lewis cayó de la parra y se dio cuenta de que estaba enamorado de Joy.

Como ambos eran católicos se pusieron de acuerdo para casarse por la Iglesia. Pero la Iglesia no cooperaba demasiado porque Joy estaba divorciada. Al final consiguieron que un parroco amigo de Lewis los casara en la habitación donde Joy estaba hospitalizada el 21 de marzo de 1.957. La mayoría de los amigos de Lewis no aprobaban este matrimonio, lo cual demuestra que, en realidad, eran unos imbéciles prescindibles. El matrimonio de Lewis y Joy coincidió con una mejoría en la enfermedad de Joy y todavía tuvieron un par de años buenos. Tuvieron luna de miel en Gales y un viajecito a la Irlanda natal de Lewis. Desgraciadamente, una revisión en 1.959 concluyó que el cáncer había vuelto para quedarse. En abril de 1.960 aún viajaron a Grecia para cumplir un sueño de Joy de toda la vida pero quedó exhausta y a la vuelta su estado empeoró dramáticamente. Joy murió en Oxford el 13 de julio de 1.960.

Lewis se reunió con Joy tres años después. Su muerte no le importó, casi que literalmente, a nadie. No porque el mismo día muriera Aldous Huxley, sino porque el mismo día John Fitzgerald Kennedy era asesinado en Dallas.

¿Tenemos tema ahora para una peli?

Os aseguro que sí:

Imagen: cazandoestrellas

¿Lo veis? Os dije que había para una peli

lunes, 21 de febrero de 2011

Elegía en un cementerio.

Bien, ya hemos hablado de la obra Las tumbas del mañana de la escritora británica Anne Perry. El original en inglés lleva por título No graves as yet. Esta frase la toma la autora de un verso de Gilbert K. Chesterton. De hecho, la estrofa en la que aparece el verso en cuestión encabeza la novela. La traducción literal sería algo así como "sin tumbas todavía", pero el traductor va un poco más allá y aprovecha para dar, en su interpretación del verso, un sentido a toda la novela. Una historia que está ambientada en el mes de julio de 1914 y donde gran parte de sus personajes son jóvenes y vigorosos estudiantes es una historia donde sus personajes están más cerca de morir próximamente que de estar vivos a cinco años vista.

El poema en cuestión se titula "Elegy in a Country Churchyard" y es el segundo poema del volumen titulado The Ballad of St. Barbara and other verses, publicado el año 1922.

Elegy in a Country Churchyard.

The men that worked for England
They have their graves at home:
And bees and birds of England
About the cross can roam.

But they that fought for England,
Following a falling star,
Alas, alas for England
They have their graves afar.

And they that rule in England,
In stately conclave met,
Alas, alas for England,
They have no graves as yet.

Traduzco:

Elegía en un cementerio.

Los hombres que trabajaron por Inglaterra
tienen sus tumbas en su hogar:
y las abejas y los pájaros de Inglaterra
sobre la cruz pueden juguetear.

Pero aquellos que lucharon por Inglaterra
siguiendo una estrella fugaz,
pobre, pobre Inglaterra
aquellos tienen su tumba lejos.

Y aquellos que gobiernan en Inglaterra,
en majestuoso cónclave reunidos,
pobre, pobre Inglaterra,
aquellos no tienen tumba todavía.


El significado del poema se ve rápidamente. Hay una contraposición entre la clase de los poderosos y de los humildes y con una mención especial a aquellos que fueron a combatir a Europa y cuyos restos ni siquiera pueden descansar en suelo inglés. Ahora bien, este poema adquiere mayor sentido si sabemos que fue escrito con motivo de la muerte del hermano de Chesterton, Cecil Chesterton, en Francia.

Cecil Chesterton (1879-1918) fue, al igual que su hermano mayor, periodista. Fue editor entre 1912 y 1916 del New Witness. Poco antes de partir para Francia con el Regimiento de Infantería Ligera Highland se casó con la también periodista Ada Jones, quien se quedó a cargo de la publicación en la que, además, colaboraba habitualmente el mayor de los Chesterton. Fue herido tres veces en las trincheras y a pesar de que ya se encontraba muy enfermo no aceptó ser evacuado del frente hasta que el armisticio fue efectivo. Murió de pulmonía en un hospital militar de Francia en diciembre de 1918. Como mínimo tuvo el consuelo de ser visitado por su adorada Ada Jones antes de morir, reunión que pudo ser realidad gracias a gestiones diplomáticas de alto nivel.

Muchos de los poemas de la balada de Santa Bárbara fueron publicados durante y tras la guerra en el New Witness. El poema que da título a la compilación está ambientado, curiosamente, en la batalla del Marne.
De todos modos, es revelador observar la complejidad de las personas cuando las observamos en su conjunto: el Chesterton dolorido y resentido con los políticos es el mismo que en 1914 entró a colaborar en el War Propaganda Bureau.

lunes, 14 de febrero de 2011

Las tumbas del mañana, Anne Perry.

Las tumbas del mañana abre la serie de novelas que Anne Perry ubica con la Gran Guerra como telón de fondo.

Argumento.

El 28 de junio de 1914 el vehículo en el que viajan John Reavley, político británico retirado, y su esposa se sale de la carretera provocando la muerte de ambos pasajeros. Eso provoca el lógico duelo en sus cuatro hijos. La cosa se complica porque el señor John Reavley había telefoneado a su hijo Matthew, que trabaja en el Servicio Secreto Británico, informándole que había encontrado unos documentos que ponían en peligro el honor de Gran Bretaña y cuyas ramificaciones afectaban a la mismísima familia real. Matthew comparte su preocupación con su hermano mayor, Joseph Reavley, teólogo de formación y profesor de lenguas bíblicas en Cambridge.
Los hermanos Reavley se dan cuenta de que la mansión familiar ha sido registrada mientras se oficiaba el funeral y también descubren, al visitar el lugar del siniestro, que no había sido un accidente sino que había sido un asesinato.
De vuelta a Cambridge el profesor Joseph Reavley se lleva el disgusto de que su alumno favorito, el prometedor Sebastian Allard, ha sido asesinado.
Matthew comienza a investigar qué conspiración había descubierto su padre y que era lo suficientemente grave como para haber sido asesinado. Dos posibilidades toman cuerpo. La mayor crisis que está viviendo Gran Bretaña ese verano se ha de situar en Irlanda, donde el motín del Curragh ha puesto al gobierno en un brete, pero esta hipótesis va perdiendo fuerza rápidamente. Queda la teoría de que la maquinación que John Reavley había descubierto tuviera que ver con el magnicidio de Sarajevo, pero suena muy lejano y poco verosímil.
En Cambridge la situación se vuelve bastante irrespirable por la presión a la que se ven sometidos por el detective Perth, el cual consigue con sus preguntas dar la impresión de que cualquiera puede ser el asesino de Sebastian Allard.
Una nueva muerte parecerá dar por resuelto el caso Allard. Sin embargo, para cuando esto sucede Joseph Reavley ha sufrido una importante metamorfosis. Ya no es el hombre confiado de antes y las circunstancias le hacen pensar que el caso no está resuelto ni mucho menos.

Personajes.

Los protagonistas son la familia Reavley: Joseph, Matthew, Judith y Hannah. En este volumen el protagonismo recae sobre los dos miembros masculinos mientras que las féminas pasan a un segundo plano, en especial Hannah que apenas interviene. Joseph Reavley es profesor en Cambridge. Antes de la muerte de sus padres ya había soportado la muerte de su esposa, la cual le había sumido en un inconsolable desasosiego e incluso había hecho tambalear su fe, cuestión no menor en un reverendo. Joseph Reavley se había rehecho y había conseguido construir una coraza que le hacía vivir el día a día con una razonable felicidad hasta que los acontecimientos destruyen su mundo por triplicado: primero, en el ámbito familiar con la muerte de sus padres; segundo, en su ámbito vital con la muerte de Allard y la instalación de la desconfianza y la incertidumbre en el mundillo, por otra parte idílico, de Cambridge; tercero, aunque no se vea claramente hasta el final de la novela, la misma sociedad en la que vive se verá envuelta en la vorágine de la más cruel conflagración conocida hasta la fecha.

El personaje de Joseph Reavley partirá en posteriores novelas hacia Francia como capellán militar. Existió un verdadero Joseph Reavley que sirvió en tal calidad en las trincheras de Europa y que, no por casualidad, era el abuelo materno de la autora. No es el único guiño de carácter personal que realiza la escritora. Joseph Reavley se refugia en la lectura de La Divina Comedia de Dante en un par de ocasiones. Perry, mujer de impresionante cultura, ha traducido esta obra al inglés, además de otros clásicos.

Matthew Reavley trabaja para el Servicio Secreto Británico para disgusto de su padre. Razón de más para que Matthew se pusiera en guardia cuando su padre se decidió a confiar en él. Desgraciadamente, Matthew no está muy afortunado en sus investigaciones y será por azar, no por su valía, que conseguirá encontrar el documento de marras y averiguar en qué consistía la conspiración.

Anne Perry, escritora de misterio.

Anne Perry ha adquirido fama como una de las reinas de la novela de misterio, novelas que tiene como costumbre ambientar en la época victoriana. Cada año publica dos nuevas novelas, una de la serie de Thomas Pitt y otra de la serie de William Monk. Con sus jornadas de trabajo de ocho horas diarias de escritura seis días a la semana, saca tiempo para otros proyectos como este de cinco novelas con la Primera Guerra Mundial como telón de fondo. Seguramente Anne Perry vea en este conflicto el fin de la época victoriana y haya querido novelizar sobre él.
Así pues, se ha de tener en cuenta que la autora es, ante todo, novelista de intriga y misterio, no es especialista en novela histórica por mucha cultura que tenga. Cierto es que una novela de género puede tener un transfondo histórico planteado de tal manera que haga disfrutar al aficionado a la historia pero me temo que no es el caso. El aficionado a la novela de intriga encontrará aquí una obra bien escrita y que por momentos atrapa y envuelve al lector. El aficionado a la historia no encontrará, sin embargo, una gran satisfacción en esta novela. Las inquietudes manifestadas por algún personaje sobre los acontecimientos de Sarajevo y la paz amenazada suenan demasiado actuales. Los diálogos que discuten sobre la crisis del 14 suenan demasiado pedantes incluso para profesores y alumnos de Cambridge y les falta el apego a la realidad que la inmediatez temporal les exigiría. La presencia de una sociedad secreta que trata de preservar la paz y la forma en que piensa hacerlo está entre lo extemporáneo y lo absurdo.
Más grave me parece, con todo, la resolución del caso Allard en Cambridge, puesto que se resuelve precipitadamente en las últimas páginas mediante un recurso Deus ex machina en forma de mensajes que aparecen. De una especialista del suspense, cabía esperar una resolución más elaborada.

jueves, 10 de febrero de 2011

Anne Perry.

Anne Perry es una de las escritoras británicas más exitosas. En España copa los aparadores de libros de bolsillo y se convierte en muchas pequeñas librerías en la única referencia posible de quien quiera llevarse a casa un libro en el que se trate, aunque sea tangencialmente, la I Guerra Mundial. Autora de libros de misterio ambientados en la época victoriana, es la creadora no ya de uno sino de dos emblemáticos investigadores de ficción: Thomas Pitt y William Monk.

Anne Perry

Anne Perry. Imagen: heavenly-creatures.com Esta web tiene un montón de fotos interesantísimas sobre su juventud.


Trabajadora disciplinada, ha publicado unas cincuenta obras y, de estas, ha escrito una serie de cinco novelas -lo que, digo yo, lo convierte en una pentalogía- contextualizadas en la Gran Guerra, es decir, el fin trágico de la época victoriana. Esta serie de novelas está formada por Las tumbas del mañana, El peso del cielo, Ángeles en las tinieblas, Las trincheras del odio y No dormiremos. A continuación me pondría a reseñar sin más preámbulo alguna de sus obras pero, dada su vida tan poco corriente, no puedo sustraerme a la tentación de hablar de su agitada juventud.

Nacida en 1938 en Gran Bretaña, Juliet Marion Hulme -más tarde, Anne Perry- era hija del físico inglés Henry Hulme. Diagnosticada con tuberculosis, Juliet fue enviada por su familia a vivir al Caribe y a Sudáfrica, climas más benignos para su enfermedad, y acabaría reuniéndose con su familia en Nueva Zelanda, cuando su padre consigue la plaza de Rector de la Universidad de Canterbury.

Juliet encuentra en Christchurch a Pauline Parker, una joven con la que comparte una salud endeble y una imaginación desbordante. Juntas escriben los argumentos de varias historias que tienen previsto llevar a Hollywood. Eso es poco para sus fértiles cabecitas. Juntas también reniegan del cristianismo para acogerse a una religión de su propia creación cuyo santoral está formado por estrellas de cine. Esta personalísima ocurrencia espiritual inaugura en ellas su propia tradición de misticismo, pues aseguraban haber vislumbrado el paraíso de este nuevo credo, el cuarto mundo según su propia denominación. En esta maravillosa dimensión habían conseguido entrar en momentos de arrebato debidos no a una vida de santidad a la usanza cristiana tradicional, sino a la grandeza de su inquebrantable amistad.

En el mundo exterior mientras tanto -un marco que no debía ser tan ajeno a ellas, pues se refiere al ámbito de sus propias familias- el mundo se derrumbaba. Henry Hulme veía deteriorarse su posición en la Universidad de Canterbury al mismo tiempo que su matrimonio. Asimismo, la amistad de Juliet y Pauline era preocupadamente seguida por sus familias, las cuales creían ver en ella la antesala de una relación lesbiana. Una posibilidad que era considerada por la sociedad de la época, en el peor de los casos, una inmoralidad; en el mejor de ellos, una enfermedad.

La relación extramarital de su esposa con Walter Perry y la presión a la que es sometido por sus colegas en la Universidad fuerzan al Doctor Hulme a renunciar a su rectorado y preparar planes para reanudar su vida. Henry Hulme decide abandonar Nueva Zelanda y llevarse a su hija Juliet. En realidad parece ser que la intención del Dr. Hulme no es la de llevarse a su hija consigo, sino dejarla en Sudáfrica con unos parientes como ya lo hizo en alguna otra ocasión. Ya se sabe, lo mejor para la salud de Juliet. En esto hay unanimidad entre los padres de Juliet y Pauline. De hecho, Pauline está empeñada en irse con Juliet cuando esta deje Nueva Zelanda pero la madre de Pauline, Honore Rieper, se niega en redondo a esta posibilidad. En realidad, los padres de ambas chicas quieren ante todo separar a las dos jóvenes pues no ven con buenos ojos su relación.
La decisión de separar a las dos chicas, la cual es vista por ellas como una resolución de Honore en particular más que como una determinación de todos los padres, abocará a la catástrofe.

criaturas celestiales

La historia de Hulme y Parker es tan buena que ha sido varias veces trasladada a la ficción, siendo la más notoria la versión de Peter Jackson (sí, el de El señor de los anillos) en la película Criaturas celestiales, que supuso el primer papel principal para Kate Winslet (sí, la de Titanic). Imagen: imbd.

El 22 de junio de 1954 Juliet y Pauline salen de paseo con la madre de esta última, Honore, por el Parque Victoria de Christchurch. Juntas la llevaron hasta una zona apartada del parque y allí le golpearon en la cabeza con un ladrillo envuelto en una media hasta que la mataron. Juntas y manchadas de sangre acudieron a un establecimiento cercano donde avisaron de que Honore había sufrido un accidente. Tal versión no explicaba los cuarenta y cinco golpes que habían dejado el cráneo de la señora Honore Rieper convertido en una pulpa sanguinolenta. Tampoco costó demasiado trabajo a la policía encontrar el ladrillo todavía envuelto en la media y bien embadurnado de sangre.

Ese mismo verano se llevó a cabo el juicio por el asesinato de Honore Rieper. En Nueva Zelanda fue un auténtico acontecimiento mediático, denunciando la prensa la degradación de la juventud que la relajación de las costumbres estaba propiciando; también, por supuesto, elucubraciones sobre la salud mental de las jóvenes y rumores morbosos sobre su supuesto lesbianismo. Juliet y Pauline eran demasiado jóvenes para ser condenadas a muerte. En cambio, la justicia tuvo para con ellas una pena que suena inédita en el sistema penitenciario español. Fueron condenadas a permanecer en la cárcel a discreción de Su Majestad. Sin embargo, la voluntad de Su Majestad fue benévola y las dejó salir a los cinco años siempre y cuando cumplieran una indiscutible limitación: nunca más podrían volver a verse ni a comunicarse de ninguna manera.

A día de hoy, unos cincuenta años después, parece que han cumplido y siguen cumpliendo tal condición.

lunes, 3 de enero de 2011

Emilio Lussu.

Emilio Lussu (1890-1975) nació en el seno de una familia acomodada de Cerdeña. Se licenció en Derecho en 1914 pero en la Universidad aún tuvo tiempo de mostrarse como partidario de la intervención militar contra Alemania y Austria. Parece que su furor guerrero se fue entibiando conforme su experiencia en el frente le iba horrorizando. Lussu combatió encuadrado en la Brigada Sassari, una unidad formada principalmente por sardos, haciéndolo en calidad de oficial. La Brigada Sassari fue especialmente castigada por la dureza de esta guerra y sus índices de bajas son superiores a los de la media del ejército italiano. Unos veinte años después Lussu relataría parte de su experiencia en las trincheras en la novela Un año en el altiplano.

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Lussu con la Brigada Sassari al fondo. Posiblemente un fotomontaje. Imagen: centaurochirone

La vida de Lussu tras la guerra no perdió demasiado en acción. A su pesar, la suya fue una vida plena de emociones violentas. Para 1921 figura entre los fundadores del Partido Sardo de Acción, de ideología nacionalista. Resulta extraño que un hombre con su currículum de luchador antifascista aparezca en las negociaciones que este Partido Sardo de Acción abriera con el Partido Fascista. Los historiadores no han sido capaces de aclarar las condiciones en que se dieron estas conversaciones. Fuera como fuese, Lussu abandonó estos contactos y la unión del Partido Sardo de Acción con los fascistas se produjo finalmente pero no con su apoyo.
Lussu conseguiría acta de parlamentario pero dejaría su puesto en el hemiciclo al estar entre los que abandonarían la Asamblea en protesta por el secuestro y muerte de Giacomo Mateotti. Su conocida postura antifascista le haría ser víctima de varias agresiones físicas. En una ocasión tuvo que hacer frente a cien activistas armados que pretendían entrar en su casa en Cagliari. Lussu disparó y mató a un hombre en tal ocasión. Por este hecho fue procesado y aunque se pudo demostrar que había actuado en defensa propia fue condenado a sufrir exilio en la isla de Lipari.

Emilio Lussu
Imagen: bellasardegna.it

De este confinamiento se las arregló para escaparse y llegar a París. Unos años después lo encontraremos en España luchando por la legitimidad de la República. Por aquel entonces su salud ya estaba bastante quebrantada y no estará mucho tiempo en los frentes de España. Entre 1936 y 1937 descansa en un sanatorio suizo donde escribe su novela Un año en el altiplano.
No regresará a Italia hasta el armisticio de 1943. Aún tendrá tiempo para participar en la Resistencia y desde 1945 será ministro en dos gobiernos de Italia.

Emilio Lussu
Imagen: Wikipedia

Si alguien pasa unos días en Cerdeña, tal vez pueda llegarse hasta Armungia, la localidad natal de Lussu, y pasar un rato en el museo Lussu.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un año en el altiplano, Emilio Lussu.

Realidad y ficción.
Juzgamos las obras que consumimos en virtud de lo que esperamos de ellas. Si leemos novelas podemos perdonar que se sacrifique el rigor histórico a cambio de una intriga que nos atrape; si leemos historia podemos perdonar que el texto sea en ocasiones más farragoso pero no nos gustará que se invente datos o que no se contrasten los que nos dé. Ambos mundos se mezclan las más de las veces. Por eso muchos autores cuando tratan de reflejar períodos de sus vidas utilizan la novela, en cuyas convenciones es lícito la utilización de la ficción. Muchos autores, también, acuden a crear otros personajes que reflejan, en gran medida, su propia peripecia vital, pero no de forma total. Así, se defienden estos autores, estos personajes son en realidad autónomos.
Curiosamente, ahora mismo no recuerdo que en ningún momento ninguno de los personajes se dirija al protagonista -al autor, Emilio Lussu- ni como Emilio ni como teniente Lussu ni de ninguna manera. Más curiosamente, se reproduce un diálogo a varias bandas a la manera de la reproducción literaria del diálogo teatral, es decir, encabezado cada parlamento por el nombre de quien lo realiza. Uno de los que se destaca en tal discusión es el Comandante de la 10ª Compañía, y no es ningún secreto para el lector que el oficial al mando de la 10ª Compañía era el propio autor.
Tómese, por lo tanto, la lectura de esta obra con todas las prevenciones que se quiera. Desconfío tanto de quienes pretenden presentar sólo ficción como de quienes quieren presentar sólo la verdad. Ahora bien, como aceptemos lo expuesto por el autor al prologar su libro -es decir, la veracidad de lo relatado- revelará entonces esta obra más sobre la verdadera naturaleza de lo que fue el frente italiano que la lectura de decenas de monografías y manuales. Lo que cuenta es escalofriante, angustioso, injusto. Es un varapalo al estamento militar sólo comparable a las denuncias antimilitaristas de Senderos de gloria o El miedo.

Emilio Lussu

Emilio Lussu. Sí, yo también pienso que tiene pinta de estirado. Imagen: Wikipedia

Argumento general.
Esta novela relata, según explica el propio autor, los hechos que le tocaron vivir durante el año que combatió en el frente del altiplano del Asiago, en el período comprendido entre junio de 1916 y julio de 1917. Lussu escribirá sobre la vida cotidiana en el frente: las patrullas, los ataques, los soldados y oficiales con los que convivió. El resultado es vívido e inolvidable.

El alcoholismo.
La presencia del alcohol era una constante en todos los ejércitos. Servido de manera sistemática por los mandos a sus soldados quitaba el frío, quitaba el miedo, entontecía y, finalmente, producía alcohólicos; pero de esto no se habla mucho en la Historia al uso. Aquí es protagonista. Todos los personajes que aparecen en esta novela beben mucho, pero la mayoría se han alcoholizado completamente como único recurso para seguir haciendo la guerra. Uno de los capítulos más angustiosos de la novela se produce porque un comandante de batallón estaba completamente borracho. La expresión "ebrio de miedo" adquiere aquí un sentido especial íntimamente ligado a la ingesta de coñac. Sólo uno de los personajes no bebe nunca y es tomado a mofa por ello en alguna ocasión: el propio protagonista y autor.

Los generales.
El papel con el que se nos presenta a los generales puede ser más o menos conocido: falta de empatía con la tropa, falta de sentido de la realidad; más aún, incompetencia profesional, deseo de medro a costa del sacrificio de la tropa, etcétera. Famosa es la leyenda que cuenta que un general británico se derrumbaba llorando cuando visitaba el frente después de Passchendaele mientras sollozaba: "¿De verdad hemos mandado a nuestros muchachos a esto?"- refiriéndose al inmundo lodazal que le rodeaba. Los generales mostrados por Lussu van un paso más allá: al de la locura homicida. Saben lo que hay y mandan a sus soldados a una muerte cierta e inútil.

Giacinto Ferrero

El general Giacinto Ferrero inspira, según la Wikipedia, al personaje del general Leone. Imagen: www.14-18.it

Los motines.
Uno de los momentos más angustiosos de la novela es cuando se produce un motín entre la tropa. Los motivos de la tropa son comprensibles y sabemos que el resultado final sólo puede ser acabar tras el paredón. Sin embargo, se pasa mal también por los oficiales de las compañías, que sufren también la manía criminal de sus mandos pero son responsables directos de las compañías amotinadas.

Las decimaciones.
Se dice que era costumbre en las legiones romanas que, cuando un ataque salía mal o se consideraba que la tropa no había combatido con suficiente ardor, se ejecutara a uno de cada diez soldados. Se dice que esta costumbre también se practicaba en el ejército italiano de la Gran Guerra. Asistiremos con Lussu a uno de estos espectáculos subhumanos que se resolverá de forma caótica y entre reacciones humanas difíciles de comprender.

La artillería italiana.
Brilla por su ausencia. Menos mal. Sus apariciones se hacen notar en forma de fuego amigo.

Al estilo Jünger.
Lussu nos recuerda por momentos a Jünger. No por una cuestión estilística, sino por algunos elementos que recuerdan unas experiencias en el frente similares. De estas, no se parecen tanto por la presencia de su asistente -que le correspondía por su categoría de oficial- sino por sus lecturas en las trincheras. Sin embargo, hay un momento que parece calcado a Tempestades de acero. Lussu se adelante unos metros por la tierra de nadie y encuentra un lugar idóneo para encañonar y disparar a los austríacos. Con todo, Lussu no es Jünger.

El humor.
Leyendo reseñas sobre la obra se habla del humor que recorre la obra. No digo que no exista pero yo no lo encontré. Estaba demasiado indignado leyendo.

Un año en el altiplano

Portada de Un año en el altiplano. Un prejuicio: el color de la portada no me animaba a su lectura pero el libro es magnífico. Imagen: Editorial Libros del Asteroide.

La violencia de abajo hacia arriba.
No existen claros episodios de insubordinación excepto el del motín porque las consecuencias eran graves y bastante inmediatas. Sin embargo, uno de los personajes encarnará la rebeldía contra los mandos y verá claramente donde se encontraba el enemigo. Su postura podría mover por momentos a la sonrisa, por lo impracticable de sus deseos, pero es el destino el que impide que pueda llegar más lejos en sus iniciativas.

La actitud de Lussu.
Leyendo los comentarios a la obra se suele destacar la evolución del protagonista. Si hacemos caso al testimonio del Comandante de la 10ª Compañía, siendo estudiante de Derecho estaba a favor de la intervención militar italiana con el fin de detener al militarismo teutón. Después habría comprendido el horror de la guerra pero, atención, no nos vayamos a pensar que Lussu es un nuevo Sassoon en potencia. El rechazo a la guerra estaba extendido entre los combatientes pero más extendido estaba el rechazo a la derrota.

Conclusión.
Excelente novela, altamente recomendable, no sólo para el aficionado al universo de la Gran Guerra sino al aficionado a la literatura bélica en general. El lector de novelas común también encontrará aquí una obra ágil y envolvente. A pesar de que la obra carece de casquería y vísceras -sin duda el autor se lo ha preferido guardar- no es apta para estómagos delicados. Los horrores de la guerra no se presentan aquí en su faceta más física sino en otra mucho más sutil.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Frederic Manning.

Frederic Manning (1882-1935) nació en Australia. Desde pequeño tuvo una salud bastante precaria y siendo adolescente entró dentro de la órbita de influencia del estudioso Arthur Galton. La relación maestro-discípulo era lo suficientemente estrecha y sólida para que este se llevara a Manning a Gran Bretaña cuando Frederic contaba sólo 16 años. En Gran Bretaña y bajo la protección de Galton Manning llevó una vida consagrada a la lectura, el estudio y la escritura. En los años anteriores al estallido de la I Guerra Mundial Manning publicó algunas obras y consiguió cierta reputación en los ambientes más cultos. Se esperaba de él que confirmase las expectativas publicando una gran novela pero no fue capaz de concluir tal tarea.

Cuando estalla la guerra Manning se apresura a presentarse voluntario, pero su pobre salud y su poco recomendable estilo de vida hacen que no se le considere apto en un primer momento. Finalmente, tras varios intentos y necesitadas las autoridades militares británicas de carne fresca para la picadora del frente, es aceptado y entra en el King's Shropshire Light Infantry, con el número de serie 19022. Hizo los cursillos para oficial pero fue rechazado. Participó en la batalla del Somme como soldado. En 1917 fue destinado a Irlanda encuadrado en el Royal Irish Regiment con el grado de alférez. Sus problemas con el alcohol, que ya en una ocasión le habían impedido alcanzar el grado de oficial, le volvieron a meter en líos y acabó siendo declarado no apto para el servicio. Más adelante Manning intentaría reincorporarse al ejército sin éxito, por lo que acabó la guerra como civil.

Tras su paso por el ejército continúa escribiendo pero la muerte de Galton en 1921 supondrá un duro golpe para él, no sólo por el importante referente que pierde en su vida sino porque era un sostén económico fundamental para Manning. Consigue el encargo de biografiar a William White, considerado el arquitecto de la modernización de la Royal Navy. En otra ocasión se le sugiere que escriba sobre su experiencia en la guerra. Manning escribe rápidamente, sin demorarse en correcciones. El resultado es The Middle Parts of Fortune. Se hace una tirada de sólo 500 ejemplares firmados por el Soldado 19022. Esta edición de 1929 tiene ahora un enorme valor entre coleccionistas.

The Middle Parts of Fortune

Imagen: firstworldwar.com


Sin embargo, parece ser que el texto era demasiado contundente para el público británico de la época, así que al año siguiente aparece una edición revisada y suavizada bajo el título de Her Privates We. Cada capítulo comienza con una cita shakesperiana y la que da título a la obra está extraída de Hamlet. La obra fue muy bien recibida y fue públicamente alabada por personajes como Hemingway, T. E. Lawrence, Ezra Pound o Arnold Bennett.

her privates we

Imagen: librarything

Su mala salud le hizo volver a Australia en 1932. A pesar de todo, volvió a Gran Bretaña en 1934 con efectos muy perjudiciales para su salud y moriría al año siguiente.

Para saber más: awm.gov.au

domingo, 12 de diciembre de 2010

Laurence Stallings.

La primera gran producción cinematográfica que trató el tema de la I Guerra Mundial fue El gran desfile, dirigada por King Vidor en 1925. Si no la habéis visto no es que quiera fastidiaros el final, pero un vistazo al cartel promocional os dará una idea del destino del protagonista.

el gran desfile

Imagen: Wikipedia

Esta película está basada en la novela Plumes, un gran éxito de ventas con nueve reimpresiones el primer año. Esta obra, publicada en 1924, era el testimonio autobiográfico de un oficial de los Marines que había servido en Francia durante la Gran Guerra. El teniente Laurence Stallings (1894-1968) llegó a Francia en 1917. Cuando la batalla de Château-Thierry daba sus últimos coletazos asaltó un nido de ametralladoras alemán. Una bala le hirió en la rodilla aunque consiguió lanzar su granada y culminar su misión. Fue condecorado y ascendido a capitán.

Lawrence Stallings

Laurence Stallings del USMC. Imagen: rootsweb.ancestry.com


En 1922 un resbalón provocó un agravamiento del estado de su pierna herida en la guerra, lo que obligó a los médicos a cortársela. Durante la convalecencia de esta amputación fue cuando empezó a escribir su novela. El destino del protagonista de la película El gran desfile tiene, por lo tanto, un origen autobiográfico.

Se da la triste circunstancia, además, de que unos años después le cortarían la pierna que le quedaba.

Sin embargo, no fue esta la primera ni la última incursión que haría Stallings en el universo ficcional de la Gran Guerra. El mismo año en que publicaba Plumes estrenaba la obra What price glory, escrita en colaboración con Maxwell Anderson. La obra fue favorablemente acogida por la crítica y aguantaría en escena la exitosa cantidad de 433 representaciones. Posteriormente, se realizarían hasta dos adaptaciones cinematográficas de esta obra. La primera versión fue casi inmediata, en 1926, dirigida por Raoul Walsh y con Victor McLaglen en el reparto. La segunda versión data de 1952, protagonizada por James Cagney y con John Ford detrás de las cámaras.


el precio de la gloria

Cartel de El precio de la gloria, de John Ford. Imagen: imbd

No es casualidad que John Ford se encargara de esta segunda versión. Stallings tuvo una larga carrera como guionista en el Hollywood de su época dorada y es él quien firma los argumentos de películas de Ford como Tres padrinos, La legión invencible o El sol siempre brilla en Kentucky.
Entre otras películas también participó adaptando la novela de Rudyard Kipling El libro de la selva para la adaptación cinematográfia de 1942 y participó en el guión de Tres lanceros bengalíes aunque no salga en los títulos de crédito.

En 1930 Stallings se encargaría de escribir la adaptación teatral de Adiós a las armas.

En el campo de la no ficción publicó el libro The First World War: A Photographic History. Muchos años después, el último libro que publicó fue una historia del cuerpo expedicionario estadounidense: The Doughboys: The Story of the AEF, 1917-1918.

En cuanto a su amigo Maxwell Anderson diremos que no fue a Europa a combatir. Al contrario, fue despedido de su empleo en el Whittier College por apoyar públicamente a un estudiante que pretendía hacerse objetor de conciencia. Además de la co-creación para las tablas de What price glory, se encargó del guión de la aclamada adaptación cinematográfica de Sin novedad en el frente, película en cuya producción se siguió el camino abierto por El gran desfile.

maxwell anderson

Maxwell Anderson. Imagen: Wikipedia.

No hace falta aclarar que no es lo mismo El gran desfile que El final del desfile.